Pensemos un poco en cuántas veces hemos dicho (o escuchado a alguien decir): “yo no soy creativo…” Lo terrible de esta sentencia es la forma en la que cerramos una puerta mental: si no podemos concebirnos como personas capaces de generar nuevas ideas, es tanto como asumir que nunca lograremos enfrentar problemas nuevos, y que estamos condenados a tropezarnos siempre con la misma piedra.

La creatividad es uno de esos temas difíciles de abordar por donde sea que nos aproximemos. Y es que hay tantas definiciones como personas interesadas; cada una resalta elementos aparentemente importantes, pero que en ocasiones resultan contradictorios entre sí, sin enfocarnos todavía en la grandísima pregunta: ¿qué hace a una persona creativa?

Sin ir más lejos, Wikipedia hacía una lista de características que resultan familiares a cualquiera que haya tenido contacto con la teoría detrás del análisis de temperamento. ¿Será cierto ese famoso mito de que los creativos nacen, y de que hay temperamentos más creativos que otros?

Sinceramente, creo que todo depende del marco de referencia. Si no podemos definirla claramente, mucho menos podemos establecer criterios para poder fundamentar las nociones positivas o negativas al respecto de nuestra capacidad creativa. De ahí que mi definición favorita de creatividad sea: “es la capacidad de ver nuevas posibilidades y hacer algo al respecto”.

Me gusta porque no limita la creatividad a las grandes innovaciones, sino que trabaja alrededor de lo que cada uno de nosotros puede hacer cuando está consciente de su entorno y de sus capacidades para mejorarlo.

Uno de los temas que surgen a menudo en torno a por qué negarnos la posibilidad de ser creativos, es que asumimos que la creatividad depende de las grandes innovaciones: “creativos fueron Einstein, Edison, los premios Nobel de Literatura, Stanley Kubrick… Y creo que ya”. Lo interesante del asunto radica en que, en realidad, la mayoría de las innovaciones ocurren de manera incremental. El principio del “kaizen”, o mejora continua, radica en que al hacer las cosas ligeramente mejor cada vez, a lo largo del tiempo acabarás en un sitio totalmente distinto al lugar en que empezaste.

¿Qué nos dice esto al respecto de la creatividad? En primera, que no está reservada sólo a los “grandes espíritus”. En segunda, que no hay temperamentos “negados” para la creatividad. Aunque tradicionalmente tendemos a encasillarla en el universo de la ciencia o las artes, lo cierto es que cualquiera de los temperamentos y sus variantes (sean introvertidos o extrovertidos, intuitivos o sensoriales, estructurados o abiertos a opciones) tienen la capacidad de analizar problemas y solucionarlos.

 

En este sentido, no sólo es importante saber que cada una de las variantes de temperamento cuenta con su propio kit de herramientas creativas (sus muy particulares habilidades y capacidades), sino que, además, resalta la importancia de resolver los problemas desde perspectivas múltiples: aquello que resulta natural y evidente para alguien, puede no serlo para otros, y esto nos obliga a ser conscientes de que no existe una única solución correcta para la mayoría de los problemas, y siempre resulta benéfico ver las cosas desde un ángulo distinto.

En resumen: somos creativos cuando nos expresamos, sí… Pero la expresión de nuestra creatividad puede resultar en un nuevo proceso, un mejor sistema, una forma más clara de entender determinada situación, una mejor comprensión del otro. No es necesario que nos ganemos un Nobel o que volvamos a crear la rueda; lo verdaderamente relevante es que seamos capaces de analizar una situación y poner en ella lo mejor de nuestras habilidades, porque no hay un modo único de resolver las cosas.

Otro elemento importantísimo en este tema: la creatividad, como buena técnica de resolución de problemas, se puede desarrollar y practicar. Intentar una idea y descubrir que no funciona es un primer paso para aprender y nos permite descartar opciones. Leí por ahí una frase que creo que resume cómo quitarnos el miedo a la creatividad, y con la que me encantará cerrar esta reflexión:

No hay fracaso, excepto el de dejar de intentarlo. No hay derrota, excepto la que nos imponemos a nosotros mismos. No hay ninguna barrera insuperable, excepto nuestra inherente debilidad en cuanto al propósito”.

Kin Hubbard.

Por: Coppelia Yañez

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