“La manera en que nosotros como adultos reaccionamos al temperamento de nuestros hijos afectará enormemente la auto imagen del niño”

Ariadna es la comprometida y responsable madre de Lucía, una linda y carismática niña, inquieta, alegre y muy sociable. Muy consciente de la nutrición de Lucía, Ariadna ha pasado dos horas en la cocina preparando la comida favorita de la niña, que sólo desencadena una ola de gritos y chillidos a la hora de sentarse a la mesa. Atónita, Ariadna se pregunta: ¿Es ésta una conspiración de la niña para volverme loca?, ¿es esta conducta un síntoma de daño cerebral?, ¿me estaré volviendo loca?

Lo que estamos presenciando es una manifestación de dos cosas: por un lado la individualidad de la niña y por el otro su naturaleza. Se empieza a mostrar a la edad de cinco a siete años y mucho más claramente

entre los siete y catorce años de edad. Son bloques que constituirán la conducta de esta personita en los años venideros. No es una conspiración, locura ni daño cerebral. No es un acto puramente desafiante o de rebeldía. No sólo te está pasando a ti o a tu hijo(a). Le pasa a todo el mundo en todos los lugares. Lo que estamos viendo en este caso es, simplemente, una manifestación de su temperamento.

El estudio del temperamento no es, en lo absoluto, nada nuevo: desde hace más de dos mil años, Hipócrates —el padre de la medicina— hablaba de él. Hoy en día, con nuestros acelerados ritmos de vida, es mucho

más fácil etiquetar estas “conductas problema”; evadir la responsabilidad de entender a nuestros hijos y enviarlos con los “expertos” para que hagan los diagnósticos y les den el tratamiento adecuado e incluso se encarguen de medicarlos.

Si nuestro hijo camina con los hombros encogidos y la cabeza agachada, es sensible y muy poco sociable, asumimos que algún problema que nos concierne le ha afectado a él o ella. Si el niño es ruidoso, agresivo e inquieto, entonces concluimos que hemos sido

muy débiles en la manera de poner reglas y modales.

Es probable que éstas no sean las respuestas correctas ante las diferentes conductas de nuestros hijos que todos tenemos que afrontar: la respuesta que estamos buscando puede surgir al reconocer y entender el estilo de temperamento de nuestro hijo.

El punto de partida es que no existe un temperamento bueno o malo. Todos tienen precisamente aspectos positivos y aspectos negativos. Antes que nada, debemos darnos el tiempo para aprender acerca de los diferentes temperamentos y cómo relacionarnos mejor con ellos. Es maravilloso ver como un hijo nuestro florece y brilla ante nuestros ojos cuando por fin se siente comprendido y validado.

La manera en que nosotros como adultos reaccionamos al temperamento de nuestros hijos afectará enormemente la auto imagen del niño, así como la manera en la que se relaciona con los demás y cómo desarrolla sus habilidades en el futuro.

La regla básica: ir con el temperamento, no en contra de él. Todos los niños necesitan la oportunidad de experimentar el mundo a través de su propio temperamento para así encontrar balance en sus vidas.

Adaptación de Víctor Iñigo

Fuente: A Guide to the teenage years, de Petty Staley.