En la vejez de la juventud y la juventud de la vejez.

Si le encuentras sentido a la frase: “Nada de lo que viene, es mejor de lo que se fue”, es posible que estés enfrentando una dolorosa transición de la primera mitad a la segunda mitad de tu vida. Sin embargo, esto no quiere decir que realmente así tiene que ser.

La expectativa de vida para el ser humano actualmente es de alrededor de los 80 años, podemos pensar, entonces, que la primera mitad de la vida termina cerca de los 40 años y que en ese punto iniciamos el recorrido de la segunda mitad. Generalmente, es en esta etapa cuando empiezan a suceder ciertos eventos, algunos inesperados y otros que paulatinamente se recrudecen, tales como: pérdida de vigor, disminución de oportunidades, deterioro de la salud, logros no alcanzados, nidos vacíos, o muerte de personas queridas. Muchas veces estos eventos pueden llegar, o podemos percibir que llegan, uno tras otro, todos juntos o en un período muy corto de tiempo. Es probable, entonces, que esto cause un desajuste que puede variar en grado e intensidad para cada persona. El cómo nos adaptamos a estas nuevas circunstancias será lo que nos permitirá definir si lo estamos viviendo como una crisis o como una transición natural e inevitable.

Cambiando el entendimiento de: la segunda etapa de la vida como una etapa de finales, a una etapa de nuevos inicios.

Sentir tristeza, aburrimiento, irritabilidad, tener conductas compulsivas, experimentar frustración o una gran confusión, son solo algunas de las pistas de que quizá no estamos adaptándonos adecuadamente. Esto, generalmente se reflejará de manera negativa, en una de las grandes áreas que muestran nuestra salud psicológica: las relaciones con los demás.

Un interesante proyecto de investigación de la Universidad de Chicago, auspiciado por MacArthur en la fundación Research Network, realizó un estudio consistente en preguntar a 8000 personas, entre hombres y mujeres dentro de un rango de edad de los 25 a los 74 años, acerca de su percepción en una gran variedad de temas: qué tan satisfactorias son sus relaciones interpersonales, su desarrollo profesional, sus finanzas o qué tanto están preparados para solucionar problemas. Los resultados fueron contundentes: los participantes cuyas edades fluctuaban entre los 40 y 60 años de edad reportaron tener mucho mejor control de sus vidas y más herramientas para salvar los obstáculos que estuvieran enfrentando en ese momento.

Contrario a estos resultados, es curioso observar, que la sociedad poco valora a los adultos que se encuentran en esos rangos de edades y que sus habilidades y conocimientos no se aprovechan de manera adecuada, o simplemente no son tomados en cuenta.

Estos resultados se contraponen también a la creencia generalizada de que la segunda mitad de la vida es una etapa de declive, de disminuciones, de pérdidas y turbulencia emocional.

La segunda mitad de la vida y el temperamento.

Es natural que en la primera mitad de la vida, la atención se enfoque a dos grandes áreas: al amor y al trabajo. Y es natural hacerlo centrando nuestra energía en las funciones dominantes que son regidas por nuestro estilo de temperamento, mismas que, siempre sostengo, son innatas. Pero al llegar a la segunda mitad de la vida, el Principio de Integración de Jung, nos obliga a cambiar esta perspectiva. Es el momento de conocer nuestras funciones auxiliares y complementarias para apoyarnos en ellas y lograr el desarrollo integral de nuestra psique, esto significa, ir a aquello a lo que no habíamos puesto demasiada atención de nosotros mismos, ser lo que no hemos sido.

Para algunas personas, transformarse para afrontar mejor la segunda mitad de la vida significará ir a un terreno totalmente desconocido y por lo tanto inexplorable; preferirán quedarse en la parte conocida de sí mismos, afianzándose e incluso exagerándola. A estas personas, las percibiremos como caricaturescos estereotipos de sus temperamentos.

Otras personas caerán en un laberinto de confusión porque, quizá, han vivido la primera mitad de su vida en lo que ni siquiera son sus funciones dominantes e innatas. Por lo que para ellas, transformarse, puede no tener sentido.  Se preguntarán ¿Transformarme, en quién, si no sé ni quién soy en realidad?

i00027_40to65YOsmile_1Sin embargo, para otras personas la transición a la segunda mitad de la vida fluirá casi de manera natural, dejarán de poner principal atención a sus funciones dominantes e innatas y encontrarán en sus funciones auxiliares y complementarias una nueva motivación. Descubrirán que ser como no han sido, resulta estimulante y les hace más efectivas en la solución de problemas y en la toma de decisiones. Serán percibidas con una enorme sabiduría y un balance entre vigor, moderación y experiencia.

El período de la segunda mitad de la vida es una transformación que puede ser de engrandecimiento o de destrucción, en donde, el conocimiento de nuestros propios estilos de temperamento y un profundo análisis de cómo hemos vivido nos darán las pistas para poner en marcha un plan de acción que nos permitirá vivir esta transición con paciencia, con aceptación y con una gran integración hacia nosotros mismos. Las transiciones no siempre son fáciles, pero como siempre promulgo, con el conocimiento y la ayuda adecuada, podemos hacer que las transiciones nos transformen, nos engrandezcan y nunca nos minimicen.